María Molina: “Los aspectos tecnológicos deberán sumar exigentes niveles de control interno que minimicen los impactos negativos”

El pasado 12 de diciembre tuvo lugar la segunda edición del Foro de Sostenibilidad, organizado por CMS Europe y con el apoyo estratégico de Verifica – part of B2 Impact, con el objetivo de crear un espacio para discutir y promover un sector del crédito más sostenible. En el marco de este encuentro, el equipo de Open Hub News entrevistó a María Molina, Directora Advocacy & Impact en QUIERO.

La experta participó en el debate protagonista del evento, enfocado en los cambios que se prevén próximamente en el reporting corporativo y en los perfiles profesionales de este sector. En dicho debate, María Molina analizó la evolución del concepto de la sostenibilidad, así como las necesidades vigentes que se deben aplicar, junto a directivas de sostenibilidad de DIRSE (Asociación Española de Directivos de Sostenibilidad), S&P GLOBAL RATINGS, ONEY y B2 Impact.

En la entrevista exclusiva, la directora profundiza en la importancia de la alineación y control en la cadena de valor; de la toma de conciencia de los impactos de la actividad de los bancos en términos sociales y ambientales; y del abordar ambas tendencias de la digitalización y la sostenibilidad conjuntamente y bajo la perspectiva del impacto.

¿Cuál es tu perspectiva sobre la situación actual del estado de la materialidad ESG en los diferentes actores de la industria financiera (bancos, fondos, servicers, Fintech, instituciones, etc.)?

Desde mi punto de vista, en líneas generales, hay dos ventajas de este sector para afrontar la integración de los aspectos ESG frente a otras industrias: por un lado, la gestión de riesgos y, por otro, la experiencia en la adaptabilidad a regulaciones exigentes y cambiantes. Precisamente por el potencial transformador de este sector, pero también por los riesgos que estos factores comportan para la propia estabilidad financiera, las obligaciones del marco de finanzas sostenibles deben ser especialmente exigentes y los reguladores y supervisores así lo entienden. Sin embargo, esta premisa general encuentra diferencias por sectores y tipos de entidad, claro. Por último, algo que aún queda alejado, por desgracia, es la alineación y control de su cadena de valor; algo que, sin embargo, resulta esencial a efectos de completar el marco de finanzas sostenibles y que permita al sector ser el verdadero impulsor de la transición hacia una economía verde y justa.

¿Cómo y qué estrategias responsables pueden aplicar las instituciones para abordar los desafíos ambientales, sociales y de gobernanza, mientras siguen brindando soluciones financieras rentables?

En primer lugar, el sector bancario en concreto debe ser consciente de su configuración como servicio esencial con los impactos que ello supone en términos sociales. A partir de aquí, transformar su perspectiva de negocio y rentabilidad desde la perspectiva de los derechos de las personas en términos de acceso a los servicios financieros básicos, permitirá mejorar, también, el índice de confianza que es, en general, bastante bajo (aunque no lo sea tanto en la relación más individualizada cliente-entidad). Desde el punto de vista ambiental, no cabe duda del papel que tiene el sector en la canalización de flujos financieros: la regulación en este sentido, desde luego, acompaña a que dichos flujos se encaminen hacia la transición de las industrias pero aquí queda mucho camino por recorrer y las entidades financieras, como llave de acceso a la financiación, deben tomar firmes decisiones sobre sus modelos y el impacto que quieren generar.

Por último, desde la perspectiva de gobernanza, la regulación también ha avanzado en la incorporación de los aspectos de gobernanza al gobierno corporativo: en sociedades cotizadas (pero también como referencia en las no cotizadas), reflejo de ello es el avance desde el primer código Olivenza (de 1998) hasta la versión actual del código de Buen Gobierno de Sociedades Cotizadas de 2020. Pero, también la regulación específica sobre gobierno corporativo y remuneraciones, y desde el Comité de Basilea, que refuerzan esta idea en el contexto financiero y donde se han integrado en los últimos años también los aspectos de impacto ambiental y social de su actividad.

“La estrategia del sector debería pasar por una toma de conciencia de los impactos de su actividad en términos sociales y ambientales, así como motor de la economía”

María Molina

¿Cuál es la reflexión principal?

En definitiva, la estrategia del sector debería pasar por una toma de conciencia de los impactos de su actividad en términos sociales y ambientales, así como motor de la economía. Los mercados, además, demuestran que la sostenibilidad es rentable, por lo que las potenciales pérdidas económicas no deberían ser una excusa. Sin embargo, aquí también debería abrirse una reflexión sobre el concepto de rentabilidad que permita incorporar los beneficios sociales y ambientales que la actividad genera y que pueden ser cuantificables desde el punto de vista del valor de la entidad.

En los últimos años, la digitalización del sector financiero ha transformado el tipo de productos y servicios, así como los canales de comunicación con los clientes, ¿qué retos encuentra esta creciente transformación digital desde el punto de vista del impacto social y ambiental de su actividad?

La digitalización del sector financiero se plantea, desde luego, en términos de eficiencia de negocio y de cobertura de nuevas necesidades de los usuarios y clientes. Además, puede verse como una oportunidad para abordar los impactos sociales y ambientales de su actividad y la forma en que se prestan los servicios. Sin embargo, no cabe duda de que también produce, en sí misma, externalidades negativas y, por tanto, ambas tendencias (digitalización y sostenibilidad) deben abordarse de forma conjunta y bajo la perspectiva del impacto.

En concreto, en España, desde el punto de vista social, la brecha digital tanto en términos generacionales como de distribución territorial, provoca situaciones de exclusión financiera. Esto es algo que debe preocuparnos especialmente por cuanto el acceso a los servicios financieros y bancarios deben ser considerados un derecho esencial que, en muchos casos, supone posibilitar o imposibilitar la materialización de derechos fundamentales. Podríamos decir que esta es la preocupación “histórica” de los procesos de digitalización del sector pero, es que, a ello debemos sumar el auge, en los últimos años, de las herramientas de IA, que, potencialmente, pueden llevar a otro nivel el problema de la exclusión financiera.

También entra en juego la regulación, ¿no?

En este sentido, creo que de manera acertada Europa acaba de aprobar la primera regulación sobre el uso correcto de esta tecnología. El sector ha estado siempre preocupado por que la regulación pueda restar competitividad, pero el camino andado en el marco de finanzas sostenibles no confirma estos miedos, al contrario. Y así creo que debe entenderse esta nueva regulación sobre el uso de la IA, como un marco de seguridad hacia a las personas consumidoras. En paralelo, claro, es importante la pedagogía social tanto con las personas consumidoras como con el sector, para poner en valor los servicios basados en esta tecnología desde una perspectiva respetuosa y justa con más personas.

Por no dejar de mencionarlo, el impacto ambiental de la digitalización trae algunos beneficios con respecto a infraestructuras físicas en muchos aspectos, pero habrá que ser cuidadosos y en concreto también con la incorporación de tecnologías nuevas intensivas en consumo energético como las herramientas de IA. La regulación y los planes del BCE para encaminar al sector hacia el objetivo Net Zero pueden ser una buena hoja de ruta, pero el sector tiene que “hacer los deberes”.

“El sector ha estado siempre preocupado por que la regulación pueda restar competitividad, pero el camino andado en el marco de finanzas sostenibles no confirma estos miedos, al contrario”

María Molina

Se prevé que para los próximos 10-15 años veremos más cambios en materia de sostenibilidad que en los últimos 50 años. Esto supondrá una revolución en la manera de trabajar y en los perfiles profesionales. ¿Cuál crees que será la situación real?

Ya hemos visto muchísima evolución en los últimos años muy concretamente en el sector bancario, precisamente también vinculada a la digitalización de los servicios financieros y la forma en que las personas consumidoras nos relacionamos con las entidades: hemos pasado de personas en oficinas para atención a servicios de caja, a que estos resulten residuales e incluso una importante reducción del número de oficinas… Esto indudablemente impacta en el tipo de plantillas y perfiles.

Por otro lado, se han incrementado las exigencias regulatorias en materia de análisis de riesgos (incluyendo los ESG), compliance, de reporting, diseño de productos, etc. Esto ha supuesto al sector importantes esfuerzos de formación de plantillas: algunas por necesidad por su tipo de actividad, otras por ambición y, casi siempre, por obligación normativa. Y no solo con las plantillas, sino con los consejos de administración, lo que resulta fundamental en términos de compromiso y de responsabilidad de las entidades con su toma de decisiones.

Ante un entorno tan incierto como el que se abre por las consecuencias del cambio climático, así como del uso de la IA, no es fácil prever cómo será el profesional de banca del futuro. Lo que sí está claro es que la gestión de riesgos ASG no podrá ya desligarse de los riesgos financieros y que los aspectos tecnológicos deberán sumar exigentes niveles de control interno que minimicen los impactos negativos que se puedan generar.

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