Casi siete de cada diez españoles ya han utilizado herramientas de inteligencia artificial generativa. La experiencia amplía su presencia en la vida cotidiana y el trabajo, pero también reduce la disposición a delegar decisiones sensibles y deja al descubierto las carencias de gobernanza en las empresas.

La adopción de IA sigue creciendo en España, pero el debate comienza a desplazarse desde el número de usuarios hacia las condiciones en las que esta tecnología debe utilizarse. El II Observatorio Anual IAON refleja que casi siete de cada diez españoles ya han probado herramientas de inteligencia artificial generativa, mientras aumenta la demanda de supervisión, transparencia y criterios de gobernanza tanto en el ámbito empresarial como en el social.
El porcentaje de población que ha utilizado estas herramientas pasó del 51% en 2025 al 69% en 2026. También crece la frecuencia: el 19,8% afirma usarlas a diario y otro 19,3% varias veces por semana. En conjunto, el uso frecuente alcanza al 39,1% de los encuestados, once puntos más que un año antes.
Los datos dibujan una tecnología cada vez más integrada en las actividades cotidianas. Sin embargo, esa familiaridad no se traduce en confianza automática. La ciudadanía parece conocer mejor las posibilidades de la IA, pero también identifica con mayor precisión sus límites y los riesgos asociados a su implantación.
Más uso no significa mayor disposición a delegar
Una de las principales conclusiones del estudio es la aparente paradoja entre adopción y confianza. A medida que aumenta el uso, disminuye la predisposición a dejar decisiones importantes en manos de sistemas autónomos.
La planificación de viajes es el único ámbito en el que más de la mitad de la población aceptaría delegar una decisión en una herramienta de IA. La disposición baja cuando se trata de cuestiones relacionadas con la salud, la educación, las finanzas o los asuntos legales. Uno de cada cuatro ciudadanos no confiaría ninguna decisión relevante a estos sistemas.
El informe interpreta esta prudencia como una evolución del criterio colectivo. La experiencia permite identificar mejor cuándo una herramienta puede resultar útil y en qué situaciones debe mantenerse la supervisión humana.
También se reduce la falta de opinión. En 2025, el 25,4% de los encuestados reconocía no saber qué efecto tendría la IA sobre la sociedad. En 2026, ese porcentaje baja al 9,3%. Al mismo tiempo, el 68,5% cree que la tecnología tendrá efectos positivos, aunque la mayoría condiciona esa valoración a que sus riesgos sean gestionados adecuadamente.
Privacidad, empleo y desinformación concentran las inquietudes
La preocupación ciudadana se dirige menos hacia el funcionamiento técnico de los modelos y más hacia sus consecuencias sociales.
La privacidad y el uso de los datos personales ocupan el primer lugar, señalados por el 52,9% de la población. Le siguen la pérdida de empleos y la desigualdad económica, con un 51,2%, y la manipulación, la desinformación y los deepfakes, con un 49,4%.
El temor al impacto laboral continúa presente, aunque pierde intensidad respecto al año anterior. Esta evolución coincide con una percepción menos centrada en la eliminación inmediata de puestos de trabajo y más relacionada con la modificación de tareas, responsabilidades y competencias.
El deterioro de capacidades cognitivas aparece también entre las inquietudes relevantes. El 34,2% teme que una dependencia excesiva de estas herramientas reduzca progresivamente la autonomía individual. La cuestión amplía el debate: además de controlar los sistemas, comienza a plantearse qué capacidades deberían seguir en manos de las personas.
Las pymes perciben ventajas, pero avanzan sin reglas claras
La principal novedad de esta edición es la incorporación de una muestra específica de 300 autónomos, micropymes y pymes. Los resultados permiten observar cómo la inteligencia artificial se introduce en una parte del tejido empresarial que dispone de menos recursos para desarrollar estrategias tecnológicas propias.
El 40% de las empresas consultadas considera que la IA mejora su competitividad. Un 42% afirma haber elevado la calidad de sus productos o servicios, por encima del 34% que destaca la reducción de costes. Otro 40% señala que estas herramientas le han permitido acceder a nuevos clientes o mercados, mientras que el 39% cree que puede competir mejor con organizaciones de mayor tamaño.
El uso empresarial parece orientarse, por tanto, hacia la creación de valor y no únicamente hacia la eficiencia operativa. Para pequeñas compañías, el acceso a herramientas de bajo coste puede reducir algunas diferencias tecnológicas respecto a empresas con mayor capacidad de inversión.
El avance presenta, no obstante, una debilidad relevante: la mayoría de las organizaciones carece de protocolos internos, estructuras de gobernanza o planes formativos consolidados. La adopción está creciendo con mayor rapidez que los mecanismos necesarios para controlar los datos utilizados, verificar los resultados y delimitar responsabilidades.
Esta distancia entre uso y organización interna puede adquirir especial importancia en sectores regulados. En actividades financieras, aseguradoras o relacionadas con la gestión de información sensible, la incorporación informal de herramientas generativas expone a las compañías a riesgos de privacidad, cumplimiento normativo y pérdida de control sobre la información.
La implantación comienza desde los propios trabajadores
El uso profesional de la IA alcanzó el 62,6% en 2026, frente al 48,3% del año anterior. Sin embargo, solo el 20,3% de los profesionales afirma emplearla con respaldo de su organización, mientras que un porcentaje prácticamente idéntico, el 20,4%, lo hace por iniciativa propia.
Este equilibrio indica que parte de la adopción se está produciendo desde los equipos antes de quedar incorporada a las políticas corporativas. Los empleados introducen herramientas para redactar, buscar información, analizar documentos o automatizar tareas, aunque sus compañías no siempre hayan establecido criterios comunes.
El fenómeno puede acelerar la experimentación, pero dificulta conocer qué aplicaciones se están utilizando, qué datos se comparten y cómo se comprueba la calidad de las respuestas. La ausencia de una política explícita no impide el uso; simplemente lo desplaza fuera de los sistemas de control de la organización.
La brecha se traslada del acceso a las competencias
El estudio identifica diferencias importantes por edad, formación y situación laboral. Los jóvenes, los estudiantes y las personas con estudios superiores registran las mayores frecuencias de utilización.
El 66,8% de los encuestados de entre 18 y 26 años utiliza IA a diario o varias veces por semana. Entre los mayores de 59 años, el porcentaje cae al 22,6%, y casi la mitad de este grupo declara no haber empleado nunca herramientas generativas.
Las diferencias también se observan en la percepción de competencia. El 38,5% se considera usuario intermedio y el 10,2% avanzado, mientras que el 16,7% afirma no saber utilizar estas soluciones. Entre las personas con estudios de posgrado, el porcentaje de usuarios avanzados alcanza el 21,8%; entre quienes cuentan con educación básica, se sitúa en el 6,4%.
La brecha deja así de depender exclusivamente de la disponibilidad de la tecnología. El acceso a herramientas gratuitas o integradas en aplicaciones habituales reduce la barrera económica, pero no garantiza la capacidad para evaluar resultados, reconocer errores o utilizarlas de manera segura.
Gobernar la IA será tan importante como adoptarla
El Observatorio Anual IAON, promovido por el Gobierno de Aragón, Microsoft, Ibercaja y Fundación Ibercaja, se basa en 1.381 encuestas a población adulta residente en España y en una muestra empresarial adicional de 300 autónomos, micropymes y pymes. El trabajo de campo se realizó entre el 27 de abril y el 28 de mayo de 2026.
Los resultados muestran que la expansión de la inteligencia artificial no elimina las dudas, sino que las hace más concretas. La ciudadanía identifica mejor los ámbitos en los que está dispuesta a utilizarla y las empresas empiezan a reconocer sus beneficios, pero la formación, la responsabilidad y la gobernanza avanzan con menor velocidad.
Para el sector financiero, la cuestión resulta especialmente relevante. La capacidad de integrar estas herramientas no dependerá únicamente de disponer de modelos más avanzados, sino de establecer controles sobre los datos, supervisar las decisiones y definir qué tareas pueden automatizarse sin comprometer la confianza de clientes, empleados y reguladores.
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