La mora en la economía argentina: una señal que empieza a encender alertas

Muchas veces, es uno de los primeros síntomas de tensión en el bolsillo.

En una economía, la mora rara vez aparece de golpe. Antes suele haber señales: ingresos que pierden margen, familias que refinancian consumos cotidianos, tarjetas que se usan para cubrir gastos básicos y préstamos que empiezan a pagarse con más dificultad. Por eso, cuando crecen los atrasos, el dato no debería leerse solo como un problema entre una persona y una entidad financiera. La mora es, muchas veces, uno de los primeros síntomas de tensión en el bolsillo.

Durante los últimos años, buena parte de la conversación sobre crédito estuvo concentrada en la expansión del financiamiento al consumo: más acceso, mayor digitalización, nuevas herramientas y alternativas para personas históricamente subatendidas. Ese proceso sigue siendo relevante. Pero en esta etapa aparece una pregunta igual de importante: no solo cuánto crédito se otorga, sino con qué calidad y sobre qué capacidad real de repago.

Cuando una persona deja de pagar una tarjeta o un préstamo, el impacto no termina en ese incumplimiento individual. Para las entidades financieras, cada atraso implica recalcular riesgos, reconocer posibles pérdidas y reservar recursos para cubrir deudas que tal vez no se recuperen. Es decir, la mora empieza en el deudor, pero rápidamente se traslada a los balances de quienes prestan.

Ese mecanismo se expresa a través de las previsiones: fondos que bancos y entidades deben constituir ante la posibilidad de no cobrar una deuda. Funcionan como un colchón de protección para el sistema, porque permiten absorber deterioros sin comprometer la estabilidad general. Pero también tienen un costo concreto: cuanto más capital debe inmovilizarse para cubrir riesgos, menos margen queda para prestar, invertir o expandir operaciones.

En la Argentina conviven dos criterios para calcular esas previsiones. Por un lado, están las exigencias regulatorias del Banco Central, que establecen mínimos según la cantidad de días de atraso. Cuanto más prolongado es el incumplimiento, mayor es el porcentaje que debe reservarse. Por otro lado, las normas contables internacionales IFRS incorporan una mirada más amplia: no observan únicamente la mora ya registrada, sino también la probabilidad de no cobro y la pérdida esperada de cada operación.

La diferencia entre ambos enfoques puede ser significativa, sobre todo en productos masivos como tarjetas de crédito y préstamos personales. Una deuda con algunos meses de atraso puede exigir una previsión parcial bajo criterios regulatorios. Pero si los modelos contables estiman una baja probabilidad de recuperación, la cobertura necesaria puede aumentar de manera considerable. En la práctica, las entidades deben registrar el mayor valor entre ambos cálculos.

Según un informe privado de Quantum, la mora total del crédito al sector privado pasó de 1,6% en diciembre de 2024 a 5,3% un año después. En los hogares, el salto fue de 2,6% a 9,3%, con niveles especialmente elevados en préstamos personales (11,9%) y tarjetas de crédito (8,6%). Más allá del porcentaje puntual, lo relevante es la velocidad del deterioro y su concentración en el financiamiento al consumo.

Esto significa que el deterioro del crédito puede impactar en los resultados incluso antes de que una deuda sea considerada definitivamente perdida. No hace falta llegar a una situación extrema para que los balances reflejen tensión. Basta con que aumenten los atrasos o empeoren los indicadores de riesgo para que crezcan las previsiones y se reduzcan los márgenes.

El efecto es directo: más mora implica más riesgo; más riesgo exige más previsiones; y más previsiones reducen la capacidad de seguir financiando a familias, comercios y empresas. Por eso, el problema no es solo contable. Cuando una entidad debe destinar más recursos a cubrir pérdidas potenciales, también se vuelve más cautelosa para otorgar nuevo crédito.

Ahí está el punto central. En un contexto donde el financiamiento busca recuperar protagonismo, la calidad de la cartera será tan importante como su crecimiento. Expandir el crédito es necesario para acompañar el consumo y la actividad, pero hacerlo sin una lectura precisa de la capacidad de pago puede terminar generando el efecto contrario: más restricción, más selectividad y menos margen para nuevos préstamos.

Hoy el sistema financiero argentino mantiene niveles de capitalización y cobertura que le permiten absorber este proceso sin riesgos sistémicos inmediatos. Pero eso no elimina el desafío. La mora en consumo debe mirarse como un indicador temprano de la salud financiera de los hogares y, por extensión, de la economía.

La próxima etapa del crédito no dependerá únicamente de prestar más. Dependerá de prestar mejor: con modelos de riesgo más precisos, información más profunda y una evaluación realista de los ingresos disponibles. Porque cuando la mora empieza a subir, deja de ser un dato sectorial. Se convierte en una señal sobre hasta dónde llega, y hasta dónde no, la capacidad de pago de la economía argentina.

Publicado en DataClave

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