La morosidad en Chile sigue en niveles críticos

Unos 4 millones de chilenos están en mora y la deuda promedio ya supera los $2,5 millones. Pero el dato que cambia la lectura es otro: crece la morosidad estructural y el peso de los tramos más altos, en un contexto de mayor acceso al crédito pero ingresos que no acompañan.

Siete de cada diez deudores chilenos llevan más de un año sin regularizar su situación | OHN

La morosidad en Chile dejó de ser un fenómeno expansivo en cantidad para volverse más profundo y persistente. Según el último informe elaborado por la Universidad San Sebastián y Equifax, el país roza los 4 millones de personas con deudas impagas, lo que equivale a cerca de un cuarto de la población adulta. Sin embargo, el dato más relevante no está en el número total, sino en la calidad de esa mora.

En el último año, la deuda morosa total creció por encima de la cantidad de deudores. Esto implica que, aunque el sistema no está sumando masivamente nuevos morosos, sí está incrementando el nivel de endeudamiento de quienes ya están en situación de impago. La mora promedio ya supera los $2,5 millones, consolidando una tendencia al alza.

Una mora que se vuelve crónica

El rasgo más preocupante es la consolidación de la morosidad estructural. Siete de cada diez deudores llevan más de un año sin regularizar su situación, lo que marca un corrimiento desde una mora transitoria —asociada a shocks puntuales— hacia una más persistente, difícil de revertir.

Este fenómeno no solo tensiona a los hogares, sino que también empieza a encender alertas en el sistema financiero, ya que reduce las probabilidades de recuperación de esos créditos y endurece las condiciones futuras de acceso.

El problema se desplaza hacia montos más altos… El mayor deterioro se observa en los tramos superiores, especialmente en obligaciones por encima de los $3 millones, que crecen a un ritmo más acelerado que el promedio.

En paralelo, aunque la banca concentra la mayor parte del volumen de deuda, el segmento retail muestra el mayor deterioro relativo, funcionando como un termómetro del consumo masivo y de la salud financiera de los hogares.

Más crédito, pero menos capacidad de pago

La baja de tasas en Chile impulsó el acceso al crédito, pero ese mayor financiamiento no estuvo acompañado por una mejora equivalente en los ingresos. A esto se suma un mercado laboral que todavía muestra fragilidades. El resultado es un descalce cada vez más evidente: hogares con mayor disponibilidad de financiamiento, pero con dificultades crecientes para sostener sus compromisos.

El caso chileno empieza a funcionar como anticipo de una dinámica más amplia en la región. En contextos de reactivación del crédito, si los ingresos reales no acompañan, la mora tiende a transformarse: deja de crecer en volumen y pasa a hacerlo en intensidad.

Para sistemas financieros —como el argentino— que buscan expandir el crédito tras años de contracción, la señal es clara. El desafío no es solo prestar más, sino evitar que ese crecimiento derive en una nueva capa de endeudamiento crónico.

En ese sentido, el dato más incómodo del informe no es cuántos deben, sino cuánto tiempo llevan sin poder pagar. Porque ahí es donde la mora deja de ser un síntoma y empieza a convertirse en estructura.

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